viernes, 2 de enero de 2009

Las Hetairas. Compañeras de los hombres.


En la antigua Grecia, como en todas partes, las cosas no eran muy favorables para las mujeres en lo económico, en lo legal, mucho menos en el acceso a la cultura...
¿Para todas las mujeres?. No, había un grupo de ellas, las hetairas (compañeras de los hombres), que venían a ser unas macizas importantes, formadas intelectualmente, de refinados modales, nada que ver con las prostitutas comunes, que también las había, que tenían más acceso, gracias a sus influencias y a su selecta clientela , que las demás mujeres, incluso que las esposas de los prohombres, a la cultura, a los grandes fastos y celebraciones destinadas sólo a los hombres, que podían estar en fiestas y cenáculos prohibidos a todas las demás y se convirtieron en tan imprescindibles para los que se podían permitir tenerlas como amantes, los más poderosos, que a nadie se le oculta que tuvieron mucho que ver, directa e indirectamente, con las decisiones que marcaron el transcurso de la historia.
Eran independientes en lo económico, las únicas de su tiempo y, si conseguían la protección de alguien importante, su poder se hacía inconmensurable.
Son muchas las hetairas, cortesanas célebres, que nos ha dejado la historia: La bella Aspasia, amante del político ateniense Pericles. Tais, la cortesana más destacada de la época macedonia, que volvió loco primero a Alejandro Magno y, más tarde, a Ptolomeo I, soberano de Egipto. Y Laida, que se atrevía a rechazar al gran Mirón y al mismísimo Demóstenes pero se entregaba con pasión, y gratis, al pobre Arístipo. Cuando murió la promíscua y respetada Laida, su peso específico en Atenas era tal, su influyente clientela tenía tanto poderío, que se le brindaron funerales de Jefe de Estado.
Platón se relajaba en casa de la hetaira Arqueanasa, Sófocles era cliente de Teórida y, luego, siendo un anciano, también de Arquípas.
Pero dejadme que yo prefiera, tanto por su deslumbrante belleza como por las anécdotas en las que se vió envuelta y que demuestran el poderío de sus armas de mujer, a la gran Friné, la amante y musa favorita de Praxíteles, famoso escultor que se inspiró en ella para la creación de varias estatuas de la diosa Afrodita.

Ha trascendido que Praxíteles, en un calentón, seguro que después de una noche de vino y rosas con la bella, le ofreció a Friné la escultura que ella quisiera de las que tenía en su estudio. Friné, aunque culta, no tenía ni puñetera idea de ese arte, pero era muy lista, muy lista y, aprovechando que tenía a Praxíteles muy burro y entregado, urdió un plan para sacar la tajada más gorda, que en eso sí que era una experta profesional.


Como no sabía cuál era la mejor pieza del artista, la más valiosa, dió instrucciones a a un criado para que, en el transcurso de una cena, irrumpiera diciendo que el estudio estaba en llamas. Praxíteles exclamó: «¡Salvad mi Eros!». Así supo Friné que aquella era la mejor obra del artista y ésa fué la que le exigió.
Dicen que cuando la ya acaudalada Friné ofreció una estatua de oro de la diosa Afrodita a la ciudad de Delfos, Diógenes, el gran filósofo, pelín escandalizado, propuso, no sin cierto recochineo, que al píe de la estatua se pusiera un texto en el que se explicara que el regalo había sido posible gracias a los asuntos de bragueta (no sé si las túnicas griegas tenían bragueta, pero ya nos entendemos...), la lascivia y la generosidad en el pago de sus servicios de los ricos clientes de la hetaira Friné.
Pero Friné cayó en desgracia por un asuntillo, dicen que de impiedad, ya ves tú, y tuvo que enfrentarse a un juicio sumarísimo: La acusaron de celebrar en su casa ceremonias a la diosa Afrodita, algo que, sin ser sacerdotisa y por lo que se ve, tenía que ser muy malo, muy malo, mucho más que ser hetaira, y merecía el máximo castigo.
El desarrollo de su juicio, en el que se le pedía pena de muerte, es el hecho por el que sin duda ha trascendido hasta nuestros días la historia de aquella mujer, de la bella Friné.

Por deseo expreso de su protector Praxíteles, durante el juicio fue defendida por el orador Hipérides, un genio de la palabra y otro supercliente habitual de Friné. La cosa se complicaba, el juicio avanzaba e Hipérides veía que la iban a condenar, que sus contrastadas artes de orador no convencían al jurado. A la desesperada, el abogado tiró de la túnica de Friné, dejándola desnuda....
La sala quedó tan conmocionada por la belleza de la joven que, tardó en reaccionar a la pregunta del hábil orador, algo así como :"¿ustedes creen que un cuerpo como este lo podemos poner a criar malvas por un quíteme alla unas misas a Afrodita?. ¿Es que estamos todos locos o qué?".
El cuadro adjunto recoge el momento en que Friné, y simulando cierto pudor para impresionar y enternecer al jurado, hombres al fín y al cabo, dejó tan perplejos, patidifusos e impresionados a sus señorías que, cuando salieron de su asombro y por unanimidad, fallaron la absolución y la libertad de Friné, dicen que con la clientela aumentada de entre los prohombres del gran jurado.
Otro día hablamos de alguna otra mujer-palmito, que llegan a las más altas cotas sociales y políticas, no por ninguna habilidad ni conocimientos adquiridos y contrastables, las hetariras sí que destacaban normalmente en las ciencias y en las letras, sino por sus discretas, no contrastables pero, por lo visto, contundentes artes amatorias... Y eso sí que les es común con aquellas grandes mujeres, las admirables hetairas de la antigua Grecia.
Hay que decir que también siempre ha habido hetairos....Pero esa es otra historia...

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